martes, 12 de agosto de 2014

Sudamérica 2007 - Parte II



Llegamos a la Lima a las 6 de la mañana del día siguiente.


Al recoger nuestro equipaje nos sorprendió que mientras nosotras nos dirigíamos a salir tan tranquilas por la puerta con nuestras mochilas, vino corriendo un señor de seguridad y comprobó los resguardos, para asegurarse de que no nos llevábamos las mochilas de otros….

Una vez demostrado que nuestras pertenencias eran nuestras, seguimos caminando y ya divisamos la salida. Pero justo antes de las puertas, había un espacio ocupado por una máquina con un escáner. 


Ya nos habían hablado de ella… Tienes que pulsar un botón y – en principio – al azar, se enciende una luz verde conforme puedes pasar o una luz roja conforme te van a abrir la maleta e inspeccionar lo que llevas dentro.


Pulsé yo y dio verde. Bien! Pero era obvio que no nos íbamos a ir tan tranquilas… pulsó Saioa y ale, a revisar las mochilas que llevaba… Unos minutos más tarde estábamos por fin cruzando la puerta y fuimos abordadas a gritos por taxistas y empresas  de transporte que se ofrecían a llevarnos al centro. 


También nos habían informado de los taxis piratas que operan por allí, y nos fuimos directamente al mostrador del exterior de esa zona, en búsqueda de la empresa que nos habían comentado en el hostel. Luego lo piensas más fríamente y supongo que el hostel se llevaría alguna comisión por el trayecto, pero no nos pareció caro, y no pudimos comparar porque ya no cogimos ningún otro taxi por allí… 


Justo saliendo del aeropuerto con el taxi la policía dio el alto al taxista, que tuvo que apuntar su número de matrícula y creo que también nuestros pasaportes, en un papel que se quedó el policía. Cuando le preguntamos a nuestro taxista más tarde, nos comentó que era un modo de controlar que no haya secuestros…. Ejem.


No sé cuánto rato estuvimos en el taxi pero recuerdo la sensación de ya estar allí. De darme cuenta en ese momento que esto era real, que estaba en medio de una autopista en Perú y mi casa ya a miles de kilómetros.

También recuerdo, mientras el taxi rodaba por el asfalto, ver todas las tiendas y comercios en los bordes de la carretera que me transportaron a los decorados de alguna película española de los 60 o 70

Por la carretera


Poco a poco entramos a Lima y ya pasó esa sensación. El barrio en que se encontraba el hostel que había reservado por internet era un barrio “bien” Miraflores, y parecía seguro y limpio. Así que el shock tampoco fue muy fuerte.
 

El hostel estaba muy bien, se llamaba Albergue Miraflores House y tenía un patio exterior con tumbonas, una zona común con sofás, libros, cocina comunitaria y un ordenador que usamos para comunicar a la familia que habíamos llegado bien.

Creo que nos dieron la habitación más pequeña pero eso sería porque habíamos reservado una habitación para dos personas, puesto que Carlos y Mabel llegarían un par de noches más tarde (ellos habían volado antes y vendrían desde Iquitos hasta Lima para empezar la aventura).  La habitación, que era una litera como en todos los hostels, estaba bien y era práctica

Zonas comunes en el Albergue



El chico que nos atendió allí nos explicó todo lo que podíamos hacer en Lima y nos recomendó subir desde la Plaza Mayor al Cerro San Cristóbal. Y así hicimos. Nos montamos en un colectivo que nos acojonó un poco (nuestras caras lo dicen todo) y llegamos al centro de Lima, donde estuvimos paseando y callejeando un rato. Una vez en la Plaza de Armas encontramos uno de los buses que suben al Cerro San Cristóbal. 

En el colectivo somos las únicas que sufren... nos tendremos que acostumbrar


Son unos minibuses que se pueden pasar una hora dando vueltas a la Plaza y van ocupados por un conductor y su acompañante que en este caso era una chica. La acompañante se dedica a pregonar a grito pelado por la ventanilla el destino del minibús y hasta que no está lleno no se parte hasta el destino. Estuvimos como 20 minutos dando vueltas a la plaza, pero nos reímos a más no poder!


Cuando al fin arrancó el bus cruzamos el río y emprendimos el camino de subida hacia la cima del Cerro San Cristóbal. El trayecto nos afectó. Sabíamos que había pobreza en algunas zonas pero esto fue un bofetón de realidad. En el barrio del Rimac vimos casas hechas de cartón y basura por todas partes, niños descalzos que corrían al lado del autobús y mucha miseria. Una vez llegamos arriba y sin que el shock hubiera desaparecido, alucinamos con las vistas. Lima es una ciudad enorme y desde allí arriba, infinita. Pero no estuvimos demasiado cómodas, por lo que acabábamos de presenciar y por los niños que venían a nuestro lado pidiendo dinero. La visita no duró mucho, y cuando bajamos otra vez a la plaza habíamos cambiado un poco y ya no vimos la ciudad del mismo modo

El Rimac

 
Lima desde El Cerro San Cristóbal

De hecho a los pocos días quedamos con unos amigos peruanos que Saioa había hecho en España y que nos llevaron a visitar lo mejorcito de la ciudad. El centro comercial más nuevo, el barrio de más prestigio… y nos dejó bastante impactadas ver todo eso mientras teníamos frescas las imágenes del Rimac


Cuando llegamos al hostel y el chico que lo regentaba nos vio entrar, puso de repente cara de preocupación y se fue corriendo. A los 2 minutos volvió con un trozo gigante que acababa de cortar de una planta de Aloe Vera… No nos habíamos fijado pero me había quemado la espalda completamente. Estaba más que roja… y esa noche no dormí del dolor de las quemaduras. Me había puesto crema protección 60 pero aun así me achicharré…! El chico nos dijo que eso se debía a que Lima estaba casi debajo del agujero de la capa de ozono – algo que no he comprobado pero que viendo mi espalda y hombros me llegué a creer – y que la contaminación de la urbe hace que no nos demos cuenta de la cantidad de sol que hace y sea muy normal para los turistas quemarse. Así que durante unos días me convertí en una de esas guiri-gambas de las que tanto me río cuando las veo pasear por el centro de Barcelona imaginándome la noche que pasarán antes de que se les caiga la piel a tiras… Justicia divina, supongo…

En proceso de achicharramiento
 
Achicharrada Modo On


Lima fue uno de los pocos sitos donde nos hizo buen tiempo y sol durante el viaje… Y eso que sitio al que íbamos y diluviaba, sitio en el que nos decían “es muy raro, aquí nunca llueve!”. Ja. 


Como este post se está alargando demasiado - felicidades y gracias por leer hasta aquí :) - , será en el próximo donde contaré la visita a las ruinas de Pachacámac, un sitio arqueológico Inca que se encuentra a unos poco kilómetros del centro de la capital peruana y que fue nuestro primer contacto con esta civilización que nos sedujo completamente.

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