Llegamos a la Lima a las 6 de la
mañana del día siguiente.
Al recoger nuestro equipaje nos
sorprendió que mientras nosotras nos dirigíamos a salir tan tranquilas por la
puerta con nuestras mochilas, vino corriendo un señor de seguridad y comprobó los
resguardos, para asegurarse de que no nos llevábamos las mochilas de otros….
Una vez demostrado que nuestras
pertenencias eran nuestras, seguimos caminando y ya divisamos la salida. Pero
justo antes de las puertas, había un espacio ocupado por una máquina con un
escáner.
Ya nos habían hablado de ella…
Tienes que pulsar un botón y – en principio – al azar, se enciende una luz
verde conforme puedes pasar o una luz roja conforme te van a abrir la maleta e
inspeccionar lo que llevas dentro.
Pulsé yo y dio verde. Bien! Pero
era obvio que no nos íbamos a ir tan tranquilas… pulsó Saioa y ale, a revisar
las mochilas que llevaba… Unos minutos más tarde estábamos por fin cruzando la
puerta y fuimos abordadas a gritos por taxistas y empresas de transporte que se ofrecían a llevarnos al
centro.
También nos habían informado de
los taxis piratas que operan por allí, y nos fuimos directamente al mostrador
del exterior de esa zona, en búsqueda de la empresa que nos habían comentado en
el hostel. Luego lo piensas más fríamente y supongo que el hostel se llevaría
alguna comisión por el trayecto, pero no nos pareció caro, y no pudimos
comparar porque ya no cogimos ningún otro taxi por allí…
Justo saliendo del aeropuerto
con el taxi la policía dio el alto al taxista, que tuvo que apuntar su número
de matrícula y creo que también nuestros pasaportes, en un papel que se quedó
el policía. Cuando le preguntamos a nuestro taxista más tarde, nos comentó que
era un modo de controlar que no haya secuestros…. Ejem.
No sé cuánto rato estuvimos en
el taxi pero recuerdo la sensación de ya estar allí. De darme cuenta en ese
momento que esto era real, que estaba en medio de una autopista en Perú y mi
casa ya a miles de kilómetros.
También recuerdo, mientras el
taxi rodaba por el asfalto, ver todas las tiendas y comercios en los bordes de
la carretera que me transportaron a los decorados de alguna película española
de los 60 o 70.
| Por la carretera |
Poco a poco entramos a Lima y ya
pasó esa sensación. El barrio en que se encontraba el hostel que había
reservado por internet era un barrio “bien” Miraflores,
y parecía seguro y limpio. Así que el shock
tampoco fue muy fuerte.
El hostel estaba muy bien, se
llamaba Albergue Miraflores House y
tenía un patio exterior con tumbonas, una zona común con sofás, libros, cocina
comunitaria y un ordenador que usamos para comunicar a la familia que habíamos
llegado bien.
Creo que nos dieron la
habitación más pequeña pero eso sería porque habíamos reservado una habitación
para dos personas, puesto que Carlos y Mabel llegarían un par de noches más
tarde (ellos habían volado antes y vendrían desde Iquitos hasta Lima para
empezar la aventura). La habitación, que
era una litera como en todos los hostels, estaba bien y era práctica.
| Zonas comunes en el Albergue |
El chico que nos atendió allí
nos explicó todo lo que podíamos hacer en Lima y nos recomendó subir desde la
Plaza Mayor al Cerro San Cristóbal. Y así hicimos. Nos montamos en un colectivo
que nos acojonó un poco (nuestras caras lo dicen todo) y llegamos al centro de
Lima, donde estuvimos paseando y callejeando un rato. Una vez en la Plaza de
Armas encontramos uno de los buses que suben al Cerro San Cristóbal.
| En el colectivo somos las únicas que sufren... nos tendremos que acostumbrar |
Son unos minibuses que se pueden
pasar una hora dando vueltas a la Plaza y van ocupados por un conductor y su
acompañante que en este caso era una chica. La acompañante se dedica a pregonar
a grito pelado por la ventanilla el destino del minibús y hasta que no está
lleno no se parte hasta el destino. Estuvimos como 20 minutos dando vueltas a
la plaza, pero nos reímos a más no poder!
Cuando al fin arrancó el bus
cruzamos el río y emprendimos el camino de subida hacia la cima del Cerro San
Cristóbal. El trayecto nos afectó. Sabíamos que había pobreza en algunas zonas pero
esto fue un bofetón de realidad. En el barrio del Rimac vimos casas hechas de
cartón y basura por todas partes, niños descalzos que corrían al lado del
autobús y mucha miseria. Una vez llegamos arriba y sin que el shock hubiera
desaparecido, alucinamos con las vistas. Lima es una ciudad enorme y desde allí
arriba, infinita. Pero no estuvimos demasiado cómodas, por lo que acabábamos de
presenciar y por los niños que venían a nuestro lado pidiendo dinero. La visita
no duró mucho, y cuando bajamos otra vez a la plaza habíamos cambiado un poco y
ya no vimos la ciudad del mismo modo.
| El Rimac |
De hecho a los pocos días
quedamos con unos amigos peruanos que Saioa había hecho en España y que nos
llevaron a visitar lo mejorcito de la
ciudad. El centro comercial más nuevo, el barrio de más prestigio… y nos dejó bastante impactadas ver todo eso mientras
teníamos frescas las imágenes del Rimac.
Cuando llegamos al hostel y el
chico que lo regentaba nos vio entrar, puso de repente cara de preocupación y
se fue corriendo. A los 2 minutos volvió con un trozo gigante que acababa de
cortar de una planta de Aloe Vera… No nos habíamos fijado pero me había quemado
la espalda completamente. Estaba más que roja… y esa noche no dormí del dolor
de las quemaduras. Me había puesto crema protección 60 pero aun así me achicharré…!
El chico nos dijo que eso se debía a que Lima estaba casi debajo del agujero de
la capa de ozono – algo que no he comprobado pero que viendo mi espalda y
hombros me llegué a creer – y que la contaminación de la urbe hace que no nos demos
cuenta de la cantidad de sol que hace y sea muy normal para los turistas
quemarse. Así que durante unos días me convertí en una de esas guiri-gambas de las que tanto me río
cuando las veo pasear por el centro de Barcelona imaginándome la noche que
pasarán antes de que se les caiga la piel a tiras… Justicia divina, supongo…
| En proceso de achicharramiento |
Lima fue uno de los pocos sitos
donde nos hizo buen tiempo y sol durante el viaje… Y eso que sitio al que íbamos
y diluviaba, sitio en el que nos decían “es muy raro, aquí nunca llueve!”. Ja.
Como este post se está alargando
demasiado - felicidades y gracias por leer hasta aquí :) - , será en el próximo donde contaré la visita a las ruinas de Pachacámac, un sitio arqueológico Inca
que se encuentra a unos poco kilómetros del centro de la capital peruana y que fue nuestro
primer contacto con esta civilización que nos sedujo completamente.
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